Hay palabras que pesan. Vieja es una de ellas.

Durante años, “vieja” ha sido un insulto, una amenaza, una advertencia disfrazada de consejo: esconde las arrugas, tíñete, no te descuides, no aparentes la edad que tienes. Como si la edad fuera algo que se pudiera esconder. Como si cumplir años fuera un fallo del sistema.

En el nuevo episodio del podcast Hacia lo Salvaje nos hacemos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿Cuándo nos dijeron que ser vieja era un problema?

Y, sobre todo, ¿quién gana cuando las mujeres tememos convertirnos en viejas?

Vieja: la palabra que el patriarcado convirtió en amenaza

A los hombres se les permite envejecer. Incluso se les celebra. Se vuelven “interesantes”. Canosos, interesantes. Arrugados, interesantes. Con experiencia.

A nosotras no.

A nosotras se nos educa para ser deseables, no para ser viejas. Para permanecer jóvenes, no para habitar la edad. Para no ocupar demasiado espacio cuando el cuerpo cambia.

El problema no es la vejez. El problema es el mandato.

En este episodio converso con dos mujeres que llevan años desmontando este relato desde lugares distintos, pero profundamente complementarios.


Anna Freixas: nombrar la vejez sin pedir perdón

Llegué a Anna casi por casualidad, aunque ahora sé que no lo fue. Después del viaje de cicloturismo con Biela y Tierra por el Matarraña, entre pedaladas y confidencias nocturnas, empezamos a hablar de la edad sin filtros, una compañera compartió en el grupo un libro: Yo, vieja. El título me descolocó. Y precisamente por eso lo leí.

En ese momento yo ya estaba haciéndome preguntas incómodas sobre el tiempo, el cuerpo y esa sensación extraña de empezar a notar el paso de los años de otra manera. Leer a Anna no fue solo interesante. Fue revelador. Puso palabras políticas a incomodidades que hasta entonces sentía como algo íntimo.

Y de esos viajes, esos libros y estos podcast.

 Anna Freixas Farré es psicóloga y una de las pioneras de la gerontología feminista en España,  autora de libros fundamentales como Yo, vieja y Tan frescas, Anna lleva décadas investigando cómo envejecen las mujeres en una sociedad que las invisibiliza.

Escucharla es como abrir una ventana. Anna no habla de “tercera edad”. Habla de vieja. Sin eufemismos. Sin dulcificar. Sin pedir permiso.

Nos recuerda que el edadismo tiene género. Que las mujeres mayores son expulsadas del espacio simbólico mucho antes que los hombres. Que nos han robado referentes. Que nos han hecho creer que cumplir años es perder valor. Y que recuperar la palabra vieja es un acto político.


Laura Cantos: envejecer con comunidad

Laura Cantos Cañete cuando conocí su trabajo me emocioné. Es directora de holaS Comunidad, un proyecto centrado en el envejecimiento activo y el bienestar emocional de personas mayores.

 Laura aporta algo imprescindible a esta conversación: la práctica cotidiana. El día a día. Las historias reales de mujeres que envejecen y como llegan ahí.

Porque no se trata solo de teorizar sobre la vejez. Se trata de habitarla. Y nadie nos ha enseñado a hacerlo.


La edad que no nos enseñaron a habitar

Hay un momento, no sabemos exactamente cuándo, en el que el tiempo empieza a sentirse distinto.

El espejo devuelve otra imagen. El cuerpo cambia. Las despedidas se acumulan.

Y, casi sin darnos cuenta, aparece el miedo. Miedo a quedarnos fuera. Miedo a dejar de gustar. Miedo a desaparecer.

Pero ¿y si la vejez no fuera una pérdida, sino una transformación? ¿Y si ser vieja significara libertad? ¿Y si la palabra vieja no fuera un insulto, sino una conquista simbólica?

En esta conversación hablamos de rabia. De invisibilización. De sexualidad en la madurez. De deseo. De poder. De dinero. De cuidados. De comunidad.

Hablamos de cómo el patriarcado necesita que las mujeres tengamos miedo a envejecer para seguir disciplinando nuestros cuerpos.

Y hablamos de cómo dejar de tener miedo cambia las reglas del juego.


Orgullosamente vieja

Reivindicar la palabra vieja no es romantizar la vejez. No es negar el dolor ni los duelos. No es fingir que el cuerpo no cambia.

Es mirarlo todo de frente. Es dejar de pedir disculpas por cumplir años. Es dejar de invertir energía en parecer lo que ya no somos. Es reclamar visibilidad. Es entender que cada arruga es tiempo vivido, no tiempo perdido.

Y es, sobre todo, construir referentes para las que vienen detrás. Porque si no nombramos la palabra vieja, otras la usarán contra nosotras.


Un episodio que incomoda (y libera)

Si alguna vez has sentido que la palabra vieja te removía. Si empiezas a notar que el tiempo ya no es una línea infinita. Si quieres escuchar una conversación honesta, profunda y sin anestesia sobre edadismo, patriarcado y poder… Este episodio es para ti.

Porque ser vieja no es el problema. El problema es el relato que nos contaron. Y ese relato podemos cambiarlo. Escúchalo y me cuentas.

También puedes escucharlo en:

IVOOX – SPOTIFY – APPLE PODCASTS – YOUTUBE

 

Si quieres saber más te espero en hacialosalvaje.net

Ana Cortés Luengo

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