A veces basta una conversación alrededor de un fuego para que cambie la manera en que miras tu día a día. En el último episodio de Hacia lo Salvaje tuve la suerte de charlar con Marta Fernández —de Mas la Llum— y con Elisabet, bióloga y divulgadora experta en biohabitabilidad. Dos mujeres con miradas distintas, pero con un mismo propósito: ayudarnos a repensar los espacios que habitamos y cómo estos influyen directamente en nuestra salud.
Me impresionó lo sencillo y a la vez lo profundo que puede ser hablar de “casa sana”. Porque más allá de las paredes y los muebles, se trata de reconocer que los lugares en los que pasamos la mayor parte de nuestra vida pueden enfermarnos o cuidarnos. Y que tenemos más poder del que creemos para inclinarnos hacia lo segundo.
Tres casas que se tocan
Fue Elisabet quien introdujo una metáfora que me acompaña desde que grabamos: no tenemos una sola casa, tenemos tres. La primera es nuestro cuerpo. La segunda, la casa física en la que vivimos. Y la tercera, el planeta.
Me gusta pensar en ellas como círculos concéntricos: lo que ocurre en una se refleja inevitablemente en las otras. Si el planeta se contamina, nuestra casa se impregna de esos tóxicos. Si nuestra casa está cargada de materiales nocivos o aire viciado, nuestro cuerpo lo siente. Y cuando el cuerpo enferma, también cambia nuestra manera de relacionarnos con el entorno.
Esa visión me parece una brújula preciosa para situarnos: no podemos cuidar solo una sin cuidar las demás.
Lo invisible de nuestras casas
En la charla también hablamos de aquello que no se ve y, sin embargo, tiene un impacto enorme en nuestro bienestar.
El aire que respiramos, por ejemplo. Abrir la ventana parece un gesto insignificante, pero ventilar de verdad —con ventilación cruzada, al menos diez minutos al día— cambia radicalmente la calidad del aire interior. Y, sin embargo, ¿Cuántas veces lo olvidamos?
O las pinturas, los muebles, los ambientadores. Ese olor a “nuevo” que a veces tanto nos gusta no es otra cosa que formaldehído y compuestos químicos que entran en nuestro cuerpo cada vez que respiramos. Lo mismo pasa con los productos de limpieza cargados de fragancias artificiales: nos prometen frescor, pero en realidad dejamos la casa llena de sustancias que nuestro organismo no reconoce.
No hace falta dramatizar. Basta con mirar más de cerca, con leer etiquetas, con volver a fórmulas más sencillas: vinagre, bicarbonato, jabón natural. Gestos que además de cuidar de nuestro cuerpo, son más respetuosos con el planeta.
Marta y la experiencia de Mas la Llum
Marta aportó un testimonio precioso desde la práctica. En Mas la Llum, la masía de bioconstrucción que ha levantado con sus manos, muchas personas llegan cansadas y con insomnio, y al cabo de unos días durmiendo allí descubren que su descanso es distinto, más profundo.
Ella lo cuenta sin misticismo: es la suma de factores. Materiales naturales como la cal, la madera o la paja, ausencia de radiaciones innecesarias, un diseño que aprovecha la luz solar y el silencio. El cuerpo lo reconoce y responde.
Esa experiencia me recordó que a veces no somos del todo conscientes de lo que nos roba energía hasta que nos alejamos de ello. Dormir en un espacio sano es un recordatorio físico de lo que significa cuidarnos.
La cocina, ese laboratorio cotidiano
Si hay un lugar donde podemos empezar a transformar nuestra casa, es la cocina. Pasamos por ella varias veces al día y todo lo que elegimos allí tiene un efecto directo sobre nuestra salud.
Una de las ideas que compartió Elisabet fue revisar los recipientes: ¿cuántos tuppers de plástico seguimos usando sin cuestionarlo? El plástico, sobre todo cuando se calienta, libera sustancias como bisfenoles y ftalatos. Y eso termina en nuestros alimentos.
La alternativa es simple: vidrio, acero inoxidable, cerámica. No hace falta cambiarlo todo de golpe, pero sí empezar a sustituir poco a poco. Lo mismo con las botellas de agua: llevar siempre una de vidrio o de acero es un gesto pequeño que cambia mucho.
Luz que acompaña
Otra de las reflexiones que me llevé fue la importancia de la luz. Y no me refiero solo a la estética, sino a cómo influye en nuestro reloj biológico.
Durante el día, la luz natural —con su espectro completo— activa nuestro cuerpo. Pero cuando llega la noche, si seguimos rodeadas de pantallas y bombillas frías, nuestro cerebro interpreta que sigue siendo de día. ¿El resultado? Nos cuesta más dormir, descansamos peor.
La propuesta es sencilla: aprovechar al máximo la luz natural durante el día, y cuando cae la tarde, pasar a luces cálidas, rojizas, que ayuden al cuerpo a prepararse para el descanso. Algo tan básico puede marcar la diferencia en nuestra energía.
La tecnología, con precaución
Vivimos rodeadas de tecnología y sería absurdo demonizarla. Pero, como decía Marta, podemos aplicarle el principio de precaución. No necesitamos wifi encendido toda la noche ni dormir con el móvil en la mesilla. Esas horas de descanso son sagradas para la reparación celular, y reducir la exposición a campos electromagnéticos es un regalo para el cuerpo.
No es cuestión de renunciar a la comodidad, sino de usarla con conciencia. Encender cuando lo necesitamos, apagar cuando no. Buscar distancia entre los aparatos y nuestro cuerpo, sobre todo en los lugares de descanso.
Espacios pequeños, impacto grande
En el podcast también hablamos de cómo todo esto se aplica en espacios reducidos, como campers o caravanas. Allí cada decisión cuenta aún más: un material, un aparato eléctrico, un producto de limpieza… todo se magnifica en pocos metros cuadrados.
La buena noticia es que también es más fácil controlarlo. Ventilar bien, optar por textiles naturales, usar productos de limpieza sencillos y tener cuidado con las instalaciones eléctricas son pasos que convierten una casa sobre ruedas en un refugio ligero y saludable.
Pequeños pasos que suman
Sé que todo esto puede sonar abrumador. Pero lo que más me gustó de la conversación con Marta y Elisabet es que no se trataba de dar recetas rígidas ni de agobiarse con la perfección. Al contrario: la invitación era a dar pequeños pasos.
Quitar un ambientador artificial. Cambiar un par de tuppers de plástico por vidrio. Ventilar más. Elegir una bombilla cálida para el dormitorio. Cada gesto suma, y lo importante es empezar.
Escucha la conversación completa
Yo aquí te he compartido algunas de las ideas que más me resonaron. Pero te aseguro que escuchar a Marta y a Elisabet es otra cosa. Ellas lo cuentan con calma, con conocimiento y con la experiencia de quien lleva años trabajando en esto.
👉 Te invito a escuchar el episodio completo del podcast Hacia lo Salvaje. Estoy segura de que te inspirará tanto como a mí y te dará claves prácticas para empezar a transformar tu casa en un lugar que no solo te cobije, sino que te cuide.
Porque al final, de eso se trata: de aprender a vivir en casas que respiran con nosotras.
Bonus Extra: Sorteo libro “Tu casa Sana”
“Tu casa sana” es uno de los libros de Elisabet Silvestre y al terminar de grabar surgió su ofrecimiento de regalarnos un ejemplar para la comunidad de Mujeres Salvajes así que haremos un sorteo para todas las que formáis parte. Para participar solo tienes que dejar tu correo aquí
También puedes escucharlo en:
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Si quieres saber más te espero en hacialosalvaje.net
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