Hay una foto que hemos visto mil veces.

A la izquierda, un cuerpo. A la derecha, el mismo cuerpo doce semanas después, con otra luz, otra postura y otra ropa. Debajo, un plan, una suscripción o un bote de algo.

El antes y el después. La promesa de temporada.

Llevamos décadas buscando un plan de ejercicio para llegar a un cuerpo concreto, casi siempre el mismo, casi siempre el de otra. Y cuando no llegamos, abandonamos, y nos quedamos quietas otros dos años.

De eso, y de lo contrario de eso, hablé en el último episodio del podcast Hacia lo Salvaje con Ainhoa Navarrete, entrenadora personal, instructora de Animal Flow y fundadora de Viu Fàcil, un método de movimiento natural. Ainhoa se acaba de reformar la casa con sus amigas, a martillo y cincel, y la ha dejado sin sofá y sin sillas. A propósito.

Lo que me llevé de la conversación no fue una tabla con series y repeticiones. Fue otra forma de mirar el cuerpo.

Lo que compramos cuando compramos «ponerme en forma»

Piensa en todo lo que se vende alrededor de moverse.

La cuota del gimnasio de enero. La cinta de correr que acabó de percha. Las mancuernas que viven debajo de la cama. La app con suscripción anual. Las mallas nuevas porque las de hace tres años ya no están para salir. El reloj que cuenta pasos, calorías y sueño.

Es una industria que funciona exactamente como todas las que cuestionamos aquí, crea una carencia, te vende el producto que la soluciona y necesita que la carencia siga ahí el año que viene.

El movimiento natural rompe el negocio por abajo, porque no necesita casi nada, el suelo, el peso de tu cuerpo, un árbol si lo tienes cerca. Si quieres comprar algo, Ainhoa lo tiene clarísimo: una cuerda. Nada más. Con una cuerda movilizas la columna, la cadera y los hombros, trabajas la coordinación y la cabeza, y cabe en una mochila cuando te vas a cualquier parte. Una cuerda que, por cierto, puede durarte veinte años.


Las falsas comodidades (o cómo gastamos dinero en quedarnos quietas)

Aquí viene la parte que más me removió. Ainhoa llama falsas comodidades a todos esos objetos que nos hacen la vida fácil diez minutos y nos la complican treinta años, el sofá, la silla, el taburete, el calzado que amortigua por nosotras. Cosas que compramos para facilitarnos la vida y que acaban decidiendo cuánto nos movemos cada día.

Lo explica desde la neuroarquitectura, que es la rama de la neurociencia que estudia cómo los espacios condicionan nuestra manera de estar en el mundo. Su razonamiento es difícil de rebatir, no hay forma de explorar un espacio sin moverse, así que si vives en un sitio donde apenas te puedes mover, tampoco vas a explorarlo.

Dicho de otra manera, hay casas que te envejecen sin avisar.

Y es curioso, porque en una comunidad como la de Esturirafi llevamos años haciéndonos preguntas antes de comprar, y casi nunca nos hacemos estas:

  • ¿Este mueble me invita a moverme o me invita a quedarme quieta?
  • ¿Cuántas horas al día paso en la misma postura, y con qué mueble?
  • ¿Qué cosas tengo en casa que compré para moverme y llevo un año sin tocar?
  • ¿Qué pasaría si dejara a la vista lo que quiero usar, en medio, sin guardarlo?
  • ¿Puedo quitar algo en lugar de comprar algo?

Lo de dejar las cosas a la vista no es un detalle menor. En su casa hay cojines por el suelo, unas anillas colgadas, una pelota, un tronco para los pies. Nada guardado. Así, cada vez que pasa por delante, lo usa cinco segundos. Cinco más cinco más cinco, a lo largo de un mes, suman mucho más que una clase a la semana.

No desde la culpa. Desde la conciencia. Es la misma lógica de tener la bolsa de tela colgada en el pomo de la puerta.


Dos formas de envejecer, y la que no sale en los anuncios

Ainhoa distingue entre envejecimiento patológico y envejecimiento natural.

El patológico es el que casi todas damos por hecho: a partir de cierta edad no te agachas, no te sientas en el suelo sin dolor, no subes a la montaña. El natural es el de los animales, que bajan el ritmo pero no se retiran. En la conversación lo dice con una imagen que no se me va, «No veo animales viejos retirados.»

Ojo, que esto es su tesis y lo que ha visto en sus años acompañando cuerpos, no un estudio clínico. Pero a mí me parece la conversación que falta.

Porque sobre envejecer solo nos venden dos cosas: cremas para que no se note y planes para resistirlo. Casi nunca nos cuentan que la diferencia entre llegar a los setenta pudiendo agacharte o no poder la están decidiendo las cosas pequeñas que haces hoy.

Y las cosas pequeñas, por suerte, no se compran.


Un test de diez segundos que no cuesta nada

Para esto no necesitas material, ni ropa específica, ni pagar nada.

Siéntate en el suelo y levántate sin apoyar las manos.

Ya. Donde estés.

Si te ha salido, enhorabuena. Si has tenido que apoyar una mano, una rodilla o las dos cosas, no es una mala noticia, es información. Eso dice más de tu edad que el año que pone en tu DNI.

Y si te pasa como a mí, que llevo un tiempo iniciándome en todo esto, puede que a partir de ahora te sientes en el suelo más veces de las que te sentabas.

Un aviso, por si decides empezar, estar en el suelo cansa, y al principio te vas a notar la espalda. Ainhoa lo señala sin maquillarlo y le pone nombre al error más común, el de la inmovilidad: estamos tan acostumbradas a estar quietas en una silla que, cuando bajamos al suelo, seguimos quietas, tres horas leyendo en la misma postura. Y la gracia del suelo es justo la contraria, que te deja moverte.


Pies sucios y callos en las manos

Si al movimiento natural hay que buscarle una estética, yo la tengo clara: pies sucios y callos en las manos.

Caminar descalza. Colgarse de una rama aunque te mire la vecina. Sentarse en el suelo.

Ensuciarse. Tener manos que agarran cosas y pies que han pisado tierra, piedra y hierba mojada.

Es lo contrario del cuerpo de escaparate, que es un cuerpo que se mira. Este es un cuerpo que se usa.

Ainhoa lo resume en una frase que se ha convertido en su lema: «Mantén tus pies, tu cuerpo y tu mente libres y salvajes durante toda tu vida.»

Y cuando le pregunté, al final de la conversación, qué es lo que más feliz le hace hoy, no habló de ningún logro: «Sol, tierra y movimiento. Son mis tres doctores.»

Tres cosas que no se venden en ningún sitio.


Escucha la conversación completa (y luego siéntate en el suelo)

Este artículo te deja las ideas. El episodio te deja otra cosa.

Te deja oírla contar cómo picó la pared de su casa con sus amigas, y lo que le dijeron dos hombres que llegaron a traerle una nevera mientras las tres estaban poniendo el parquet. Te deja el momento en que cuenta que su motor durante años fue el miedo y que ahora intenta moverse desde el placer. Y te deja su manera de hablar del cuerpo, que es la que hace que te den ganas de levantarte de la silla antes de que termine.

Es una conversación tranquila, de las que se escuchan estupendamente mientras das un paseo, descalza si la ocasión lo permite.

Escúchalo y me cuentas si te ha salido el test.

También puedes escucharlo en:
IVOOX – SPOTIFY – APPLE PODCASTS – YOUTUBE

Si quieres saber más te espero en hacialosalvaje.net

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